Los encuentros con «el pobre” marcan mi vida

Al llegar a la misión de Kryvyj Rih -una ciudad del este de Ucrania a la que antaño acudían personas de todo el país en busca de prosperidad- no esperaba que la mayor riqueza de este lugar fueran los pobres.

 

Con frecuencia, la gente «pagaba» caro su traslado en busca de mejores trabajos algo que les separaban de sus familias, tradiciones y a menudo también de su fe. En la actualidad, el poder oligárquico, la prolongada guerra con Rusia, al este del país y los amargos frutos del ateísmo comunista, hacen que la vida sea insoportable para muchas personas, de ahí la gran oleada de emigración. Nuestra comunidad, de tres hermanas, está situada en la parte más pobre de la ciudad. La pobreza material y la vida «sin Dios» son dos cosas que me llamaron inmediatamente la atención. La parroquia en la que trabajamos, con los Misioneros de Nuestra Señora de La Salette, no es muy grande, pero también tenemos otros «feligreses»… precisamente gente pobre que acude a nosotros continuamente. Dos días a la semana (gracias a los donantes de Polonia) distribuimos pan para 300-400 personas. Cada encuentro con ellos significa mucho para mí, es realmente tocar las heridas de Cristo. ¡Hay tantas historias santas escondidas bajo el manto de la pobreza y el abismo del pecado! Entre los alcohólicos y otros que de alguna manera «eligen» esta vida, hay ancianos que han trabajado duro toda su vida y ahora tienen una jubilación miserable; también hay hombres, en la flor de la vida, que no pueden mantener a sus familias debido a la indigna paga por el trabajo que realizan. Lloran porque por fin pueden comer pan a gusto y a veces por «lo que han llegado a ser»: tener que mendigar el pan… A veces mienten o interceden por sus familiares y luchan por más pan.

 

Sin embargo, muchos también quieren hacernos un regalo en agradecimiento: ¡qué rico, unos dulces o frutos secos recibidos por exceso de gratitud de los que no tienen para el pan! «Bendita seas, bendita seas…» – repiten como un estribillo – «El solo hecho de poder verte me da tanto», «Gracias por estar ahí. Un encuentro con usted me hace sentir más ligero», «¡Que Dios le bendiga a usted y a toda su familia!»

 

Los miro a los ojos. Escucho su llamada, que me impulsa a convertir mi corazón y me advierte que no desperdicie la gracia del tiempo y la gracia del sacrificio para crecer en el amor y hacer el bien. Una y otra vez no llego y no sé cómo atenderlos. Cómo servirlos…

 

Sr Anna Żelazna, f.m.m.

Provincia de Europa Central y del Este

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